San Alberto Hurtado: el estudiante de la UC que cambió a Chile

Cada 18 de agosto Chile celebra el Día Nacional de la Solidaridad. La fecha no fue elegida al azar: ese día, en 1952, murió el Padre Alberto Hurtado. En mayo de 1993 el Congreso aprobó por unanimidad la Ley 19.218, que instituyó esta jornada en su memoria.
Para nosotros la fecha tiene un significado especial, y no solo por lo que él hizo. Es que Alberto Hurtado fue alumno de nuestra Universidad Católica, y buena parte de lo que después haría con su vida ya estaba ensayándose en esos años de estudiante.
Un niño que supo lo que era perderlo todo
Nació en Viña del Mar el 22 de enero de 1901. Cuando tenía cuatro años murió su padre y la familia quedó en una situación difícil: hubo que vender lo poco que había y vivir arrimados donde parientes, cambiándose de casa varias veces.
Esa experiencia, la de no tener casa propia siendo niño, lo marcó para siempre. A los ocho años entró becado al Colegio San Ignacio. Y desde el colegio ya salía los domingos a acompañar a familias pobres.
1918: entra a estudiar Derecho en la Universidad Católica
En marzo de 1918 ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad Católica. Fueron cinco años en los que hizo, a la vez, todo lo que un estudiante puede hacer.
Estudiaba en la mañana y en las tardes trabajaba para ayudar a mantener a su madre y a su hermano; no era un alumno con la vida resuelta. Además participó activamente en el Centro de Alumnos de Derecho durante cuatro de sus cinco años de carrera.
Su compañero inseparable de curso era Manuel Larraín, con quien había estado también en el San Ignacio y que años después sería obispo de Talca.
Los domingos no eran de descanso
Mientras estudiaba, Hurtado dedicaba sus domingos al Patronato de Andacollo, un centro de obras sociales, junto a Larraín y otros compañeros. También visitó los albergues donde se amontonaban los obreros del salitre que habían quedado cesantes cuando la industria se vino abajo, y que llegaban a Santiago sin nada.
Y con varios compañeros de Derecho hizo algo que dice mucho de él: organizaron un consultorio jurídico para obreros. Es decir, no separaba lo que aprendía de lo que creía. Usaba el derecho como herramienta.
Dos tesis que hoy siguen sonando actuales
Sus trabajos académicos son la mejor prueba de dónde tenía puesta la cabeza. Su memoria de bachiller, en 1921, se tituló "La reglamentación del trabajo de los niños". Y su tesis para licenciarse, en 1923, fue "El trabajo a domicilio", publicada en la Revista Universitaria de la propia Universidad.
Tenía veintidós años y ya estaba escribiendo sobre trabajo infantil y sobre las condiciones de quienes trabajaban en sus casas sin ninguna protección. Cien años después, esos siguen siendo temas de agenda.
En esos años lo acompañaron espiritualmente don Carlos Casanueva —que más adelante sería Rector de la Universidad Católica— y el padre Damián Symon.
Se recibió de abogado y a los diez días se fue
El 4 de agosto de 1923 juró como abogado ante la Corte Suprema. Diez días después, el 14 de agosto, entraba al noviciado de la Compañía de Jesús en Chillán.
Nunca ejerció como abogado. Pero nada de lo que aprendió se perdió: toda su obra posterior tiene esa marca jurídica y social, la del que no se conforma con dar limosna y quiere cambiar las reglas.
El regreso: profesor, también en la UC
Siguieron años de formación en el extranjero. Estudió filosofía y teología en Barcelona y luego en Lovaina, Bélgica, donde fue ordenado sacerdote el 24 de agosto de 1933 y se especializó en pedagogía y ciencias sociales.
Volvió a Chile en 1936, después de once años fuera, y se puso a hacer clases: en el Colegio San Ignacio, en el Seminario Pontificio y también en la Universidad Católica, en la Escuela de Pedagogía. Fue además asesor de la Acción Católica juvenil, recorriendo el país entero para hablar con los jóvenes.
Una camioneta verde y una casa para el que no tenía ninguna
El 19 de octubre de 1944 nació el Hogar de Cristo. La idea fue simple y enorme a la vez: que quien no tuviera dónde dormir tuviera una cama, un plato de comida y, sobre todo, un lugar donde ser tratado con dignidad.
La imagen que quedó grabada en la memoria del país es la de su camioneta verde recorriendo Santiago de noche para recoger a quien estuviera durmiendo en la calle.
Pero no se quedó ahí. A fines de los años cuarenta impulsó la ASICH, para acompañar la organización de los trabajadores; en 1951 fundó la revista Mensaje; y escribió libros incómodos para su época, como ¿Es Chile un país católico? y Humanismo social. Le interesaba menos consolar que corregir las causas.
"Contento, Señor, contento"
A comienzos de 1952 le diagnosticaron un cáncer al páncreas, ya sin tratamiento posible. Murió el 18 de agosto de 1952, a los 51 años. Sus últimas palabras, repetidas hasta hoy, fueron: "Contento, Señor, contento".
Fue beatificado en 1994 y canonizado en 2005. Es el segundo santo chileno.
¿Y qué podemos hacer nosotros hoy?
Conmemorar está bien, pero se queda corto. La solidaridad que él practicaba no necesitaba grandes recursos: necesitaba estar atento. Algunas cosas que están al alcance de cualquiera de nosotros:
- Llamar o visitar a quien vive solo. Muchas veces una conversación de quince minutos cambia el día entero de una persona.
- Compartir lo que sabemos. Un oficio, un idioma, la cocina, el tejido, la lectura. Enseñar es una forma de dar.
- Estar presentes cuando un socio o socia lo está pasando mal. La enfermedad y el duelo se sobrellevan mejor acompañados.
- Sumarse a una obra del barrio o de la parroquia, aunque sea unas pocas horas al mes.
- Aportar al Hogar de Cristo u otra institución, si se tienen los medios para hacerlo.
- Preguntar "¿cómo has estado?" y quedarse a escuchar la respuesta. Parece poco. No lo es.
Un orgullo que nos toca de cerca
Alberto Hurtado caminó por los mismos patios que muchos de nosotros recorrimos durante años de trabajo. La misma casa de estudios que nos dio un oficio y una vida entera formó también a un hombre que terminó cambiando la manera en que Chile mira a los suyos. Eso lo hace, de algún modo, uno de los nuestros.
Su ejemplo deja una idea muy simple para este 18 de agosto: no hay que esperar a tener tiempo, dinero ni un cargo para ser solidario. Él empezó siendo un estudiante que trabajaba en las tardes y que los domingos iba a acompañar a quienes nadie acompañaba.
Feliz Día de la Solidaridad para todas y todos.