Edadismo: la única discriminación en la que todos terminamos del otro lado

Hoy 1 de octubre se conmemora el Día Internacional de las Personas de Edad, y con él empieza el mes dedicado a las personas mayores. La fecha no es casual ni reciente: la estableció la Asamblea General de Naciones Unidas el 14 de diciembre de 1990, mediante la resolución 45/106, y se observa en todo el mundo desde 1991.
Treinta y cinco años después, la pregunta sigue siendo la misma: ¿para qué sirve un día así? Sirve, sobre todo, para nombrar algo que en el resto del año se queda sin nombre. Ese algo se llama edadismo.
Qué es exactamente
La Organización Mundial de la Salud lo define como el conjunto de estereotipos (lo que pensamos), prejuicios (lo que sentimos) y discriminación (lo que hacemos) hacia las personas por razón de su edad.
La palabra suena técnica y nueva, y por eso cuesta usarla. Pero la cosa que nombra no tiene nada de nueva. Es la señora a la que el médico no le habla a ella sino a la hija que la acompañó. Es el "¿y para qué quiere aprender eso a su edad?". Es el formulario que ofrece "hasta 65 años o más" como si después de los 65 ya diera lo mismo cuántos. Es el aviso de trabajo que pide "gente joven y dinámica", como si lo segundo dependiera de lo primero.
El dato que incomoda
En marzo de 2021 la OMS, junto a la Oficina de Naciones Unidas para los Derechos Humanos y otras agencias, publicó el primer Informe mundial sobre el edadismo. Su conclusión central es dura y vale la pena leerla despacio:
Una de cada dos personas en el mundo tiene actitudes edadistas hacia las personas mayores.
Una de cada dos. Es decir: esto no es cosa de unos pocos malintencionados. Es un modo de mirar que está repartido parejo, que la mayoría ejerce sin proponérselo y que casi nadie reconocería como discriminación si se lo preguntaran de frente.
El informe agrega algo que conviene no pasar por alto: el edadismo deteriora la salud física y mental de quien lo recibe y contribuye a su aislamiento social. No es solo una falta de educación. Tiene consecuencias medibles.
Lo que tiene de particular
Hay una diferencia entre el edadismo y las otras formas de discriminación, y es la que da título a esta nota: es la única en la que todos vamos a terminar del otro lado.
Nadie cambia de país de origen ni de color de piel con los años. De edad, en cambio, cambiamos todos, todos los días, en la misma dirección y sin excepción. El joven que hoy habla fuerte y despacio a una persona mayor —como si la edad fuera un problema de audición o de entendimiento— está ensayando el trato que va a recibir él mismo dentro de unas décadas.
Visto así, combatir el edadismo no es un acto de generosidad hacia otros. Es, con todas sus letras, defender el trato que vas a querer para ti.
El que nos hacemos solos
Hay una forma de edadismo de la que se habla todavía menos, porque no viene de afuera: la que nos aplicamos nosotros mismos. Son las frases que decimos sin pensar. "Ya estoy muy viejo para eso." "A mi edad para qué." "Eso es para gente joven."
Y aquí hay un dato que sorprende a casi todo el mundo. En 2002, la investigadora Becca Levy y su equipo publicaron en el Journal of Personality and Social Psychology el seguimiento de 660 personas mayores de 50 años del Estudio Longitudinal de Envejecimiento y Jubilación de Ohio, a quienes se les había preguntado años antes qué pensaban del propio envejecimiento.
El resultado: quienes tenían una visión más positiva de su propio envejecimiento vivieron en promedio 7,5 años más que quienes tenían una visión negativa. Y eso después de descontar la edad, el sexo, la situación socioeconómica, la soledad y el estado de salud de cada cual.
Siete años y medio. Es más de lo que aportan, por separado, tener la presión o el colesterol bajos. Lo que piensas de tu propia vejez no es un detalle de ánimo: aparece en las cifras.
Cuatro cosas concretas
- Hablarle a la persona, no a su acompañante. Si acompañas a alguien a un trámite o a una consulta y notas que te hablan a ti, basta con mirar a la otra persona y devolverle la palabra. No hay que decir nada más; se entiende solo.
- Desconfiar del "a su edad". Cada vez que esa frase aparezca —dicha por otro o por ti mismo— vale la pena terminarla en voz alta y ver si se sostiene. Casi nunca se sostiene.
- No aceptar el diminutivo. "Abuelita", "viejito" o "mijita" dichos por alguien que no nos conoce no son cariño: son una manera de tratar a un adulto como si no lo fuera. Se puede corregir sin pelear, diciendo simplemente cómo te llamas.
- Seguir haciendo cosas nuevas, y que se note. No por un tema de superación personal, sino porque cada persona mayor aprendiendo algo desarma el estereotipo en quien la mira.
Por qué esto nos importa como asociación
Buena parte de lo que hacemos durante el año —los talleres, los paseos, los encuentros con estudiantes, las conversaciones sobre temas de los que antes no se hablaba— termina siendo, aunque no lo digamos con esas palabras, una respuesta práctica al edadismo: la prueba de que jubilar no te borra del mapa de la Universidad a la que le dedicaste una vida de trabajo.
Octubre es el mes de las personas mayores. No es un mes para que nos feliciten. Es un mes para que se note que seguimos acá.
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